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-Nos gusta la Feria- (septiembre 2021)

El pasado 26 de septiembre se cerraron las puertas de la Feria del Libro de Madrid en su 81 edición. Situada en el parque de El Retiro, este año ha albergado alrededor de 320 casetas. Durante 16 días, más de 380.000 entusiasmados lectores visitaron la Feria para comprar libros, conocer a sus autores favoritos, descubrir nuevas editoriales, disfrutar de los magníficos pabellones o, simplemente, para pasearse por los alrededores y vivir el inigualable ambiente de este evento que cada año se supera a sí mismo, cada año intenta ser diferente, cada año nos descubre un sinfín de nuevos libros. 

Anulada en 2020 por culpa de la pandemia y aplazada de nuevo el pasado mes de junio, este septiembre los madrileños la hemos recibido con más ganas que nunca. Todos queríamos disfrutar de ella aunque eso supusiera tener que soportar largas colas ya fuera día de diario o fin de semana.

Y es que nos gusta la Feria del Libro. Nos ha gustado siempre. Desde que tengo uso de razón la he visitado año tras año. Cada edición, sin excepción, la he esperado con impaciencia, deseosa de volver a disfrutar una vez más de su ambiente, de los autores, las casetas, los editores, las firmas de libros, conferencias y eventos, y a pesar de intentar ir todos los años con ideas claras sobre qué comprar, la Feria siempre me ha sorprendido y cada edición he descubierto nuevos autores que me han encantado. Por eso me gusta la Feria.

Me gusta por eso y un millón de cosas más. Pero, sin duda, lo que más me gusta de ella es verme rodeada de gente que, como a mí, les encanta leer y escribir. Pasear entre los puestos y observar las caras de ilusión de los lectores tras horas de paseo y búsqueda al hacerse, x fin, con el libro elegido. 

También me gusta ver que, a pesar de que escuchamos una y otra vez que los libros en papel desaparecerán por la subida de ventas de los libros electrónicos, llega la Feria y se llena de un montón de personas enamoradas del papel que seguro que, como yo, también usan los dispositivos electrónicos, pero, ¿por qué una cosa tiene que hacer desaparecer a la otra? Al fin y al cabo, parecen q están aprendiendo a convivir y complementarse. Y así… contra toda expectativa… ¡Cada año sube el número de asistentes!

Es cierto que el libro electrónico nos facilita la lectura por muchas razones: por la facilidad de trasporte, porque donde solo cabe una novela en papel podemos tener un millón de archivos, porque los compras sin moverte de casa… En definitiva, porque es fácil y cómodo. Sin embargo, leer en papel sigue teniendo algo diferente: el olor a libro nuevo, subrayar con el lápiz tus frases favoritas, el suave movimiento de las hojas, tener que controlarte para no ojear el final y ver como acaba la historia, ¡hasta las esquinas dobladas sustituyendo al marcapáginas tienen su encanto!

Me gusta la Feria de Libro. Pero este año me ha gustado aún más. Por ejemplo, por la mayor libertad de movimiento que nos ha dado el control de aforo. En otras ediciones, era una misión casi imposible abrirte paso entre la gente a echar un ojo a los libros de ciertas casetas. Y a las editoriales más populares ¡No te podías ni acercar! Lo mismo pasaba con los puestos de comida, las cafeterías, los pabellones, las firmas de libros de los escritores más conocidos, …

En cambio, la tranquilidad con la que este año podías pasear, sentarte a tomar algo, ir y venir a una y otra caseta o hablar con libreros y autores ha sido, sin duda, un acierto.

Y es que también en la Feria, como en otros muchos lugares, la pandemia ha dejado su huella con cosas buenas y no tan buenas. Los botes de gel hidroalcohólico parecían acompañarte por donde fueras y el anuncio de firmas y eventos por megafonía se combinaba con el recordatorio continuo de las medidas sanitarias. 

Pese a todo, lo importante es ver que, un año más, a los madrileños nos encanta la Feria del Libro y apreciar que se haya podido por fin hacer esta edición pues, pocos días de empezar, muchos seguíamos sin estar seguros del todo.

Me gusta la Feria del libro. Pero sé que no todo el mundo es como yo. Hay mucha gente a la que no le gusta leer o que ha dejado de hacerlo por falta de tiempo. A todos ellos les recomendaría que lo intentasen al menos diez minutos cada día. Porque leer lo es todo. Es la forma más barata y sencilla de aprender, de conocer, de aventurarte en mundos maravillosos, de experimentar, de soñar, de volar y de disfrutar de todo lo imaginable sin tener que levantarte del sofá.

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-Cinco consejos- (agosto 2021)

Miro alrededor. Las chicas de la papelería están hasta arriba de trabajo. Cada dos por tres alguien sale de su tienda con una caja de lápices, unos cuadernos, una mochila o un nuevo estuche. La librería también está llena. Libros, libros y más libros llenando el escaparate. Parece que muchos niños se resisten a entrar en las tiendas de ropa donde padres y madres hacen cola para comprar de todo un poco. Como no me dé prisa me quedaré sin pantalones de chándal. Es el ambiente normal de los primeros días de septiembre. ¡Por fin empieza el cole! Mientras corro de una tienda a otra pienso en cómo voy a afrontar  este curso ¿Y por qué no compartirlo? Aquí os doy cinco consejos para hacer que esta vuelta al cole sea divertida, agradable y tranquila.

  1. Distracciones… ¡a la basura! Uno de los mayores problemas a la hora de empezar a estudiar o a hacer los deberes son las distracciones. Sí, sí, esa mosca que revolotea bajo tu oreja, esos niños jugando en el parque de al lado de tu casa, esos rotuladores nuevos que te piden a gritos que los estrenes… Por eso yo te recomiendo que al principio de este curso organices tu escritorio para evitar distraerte. Y te preguntarás ¿Y qué dejo en la mesa? Pues muy fácil. Tan solo lo estrictamente necesario: el libro, el cuaderno o archivador, el lápiz, la goma y el bolígrafo. Porque, es cierto lo que dicen, un entorno tranquilo y despejado te ayudará a estudiar y a ordenar la mente.
  2. ¡¡Las sonrisas son gratis!! ¿Nunca te han dicho eso tus padres? Seguro que sí. Y la verdad es que, reflexionando, he aprendido que tienen toda la razón del mundo. Tú pensarás que eso ahora no sirve de nada porque, claro, llevamos mascarillas. Pero los ojos reflejan tu expresión y si sonríes… ¡Se te notará en la mirada! Una sonrisa es como una mano que te ayuda en momentos difíciles, como aquel paraguas que te ofrecen cuando está cayendo un chaparrón. Una sonrisa dada de corazón puede dar ánimos a amigos, no tan amigos, profesores, abuelos, hermanos e incluso padres. Si entras sonriendo a tu clase crearás un buen entorno a tu alrededor. No sé si sacarás mejores notas  pero al menos harás un poquito más felices a los demás y, al final y al cabo, ¡¡ una sonrisita no cuesta nada!!
  3. Haz con los días malos como con el café: échales un poquito de azúcar. Los deberes se me olvidan, he perdido mi libro de Inglés, no consigo recordar nada antes del examen, mi mejor amiga se ha enfadado conmigo, se me ha explotado un boli… ¡¡Me pongo tan nerviosa cuando tengo un día malo!! Sí, los días malos nos ponen a todos de los nervios ¡Pero eso no justifica que se lo contagiemos a los demás! Cuando tengas un día malo acuérdate de esta receta: una gotita de humor, tres gramos de alegría, un litro de paciencia y una ligera pizca de risas. Esta no es una receta de caldero que hace que desaparezcan los días malos pero lo que sí consigue es que se transformen en días… un poquito mejores.
  4. Planificación desestresante ¡marchando! Suele ocurrir que haya momentos  en los que tengas tanto que estudiar que no te dé tiempo para el ocio. Hay varias soluciones para este problema aunque para mí la más efectiva son las planificaciones desestresantes. Cuando leáis esto supongo que vais a pensar dos cosas. Una: Menudo nombre que le pone Celia a sus métodos. En esto os doy la razón. Y la segunda: ¿En qué consisten exactamente las planificaciones desestresantes? Pues en básicamente hacer un horario para cada día. Se trata de establecer un tiempo para estudiar, parar un rato (15 minutos o algo así), quizá comer algo y retomar el estudio. Después de media hora, parar otro rato para jugar o dibujar y volver a los libros… de esa forma intercalas estudio con diversión ¡Ya verás como se te hace menos pesado!
  5. Y por último pero no menos importante… ¡disfruta todo lo que puedas con tus amigos! Por fin llegamos a la parte más importante de todo el artículo ¡¡disfrutar a tope!! Debes recordar divertirte con cada cosa que hagas, ya sea un simple ejercicio de Lengua o una excursión a unas tirolinas. Recuerda que los pequeños momentos son los más valiosos. Diviértete muchísimo con tus amigos: haciendo el loco, jugando, leyendo o, simplemente, disfrutando de su compañía. Si alguna vez te enfadas con ellos, recuerda lo mucho que los has echado de menos estos últimos meses y piensa que es normal enfadarse de vez en cuando. Significa que te importan y que tenéis un vínculo muy especial que os permite vivir todos esos alocados momentos juntos.

Espero que os sirvan mis consejos y que os ayuden, como a mí, a tener una vuelta al cole magnífica. Porque, aunque a veces nos cueste levantarnos de la cama o nos de pereza hacer los deberes, el colegio es donde aprendemos todo lo necesario para la vida y es, sencillamente, imprescindible.

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-Saber ganar- (julio 2021)

Tokio, 23 de julio. 42 deportes, 205 países y 12.000 atletas se preparan para el gran evento. La cabalgata de inauguración comienza. Millones de telespectadores observan atentamente su televisión. Todos están emocionados. Los Juegos Olímpicos han empezado.

Hace un par de días comenzaron las Olimpiadas. Este año celebradas en Tokio. Mientras veía la ceremonia de inauguración, me dio por pensar en qué es lo que se necesita para ser un gran deportista.

 A pesar de hacer bastante deporte, no sabría enumerar todo lo que es necesario para triunfar pero hay dos características que estoy segura de que son imprescindibles: Saber ganar y saber perder.

Comencemos por lo que significa saber ganar. Siempre que hablo de esto mis amigos me llevan la contraria. Dicen que no se puede saber ganar, que tú ganas y punto. Pero no creo que sea tan sencillo. Es más, diría que es igual de importante ser un buen ganador que un buen perdedor. Un buen ganador no se burla  cuando gana, no se cree superior que el contrario, felicita a los que han perdido con deportividad, sabe que por muy bueno que haya sido esta vez, llegará el día en que alguien sea mejor que él. Tristemente, esta manera de entender una simple victoria no suele ser habitual en nuestra sociedad Simplemente no es muy normal darle importancia a saber ganar. Nadie nos lo enseña.

Y ahora pensemos en qué es saber perder. En eso tengo mucha más experiencia: Es un sábado temprano y mi equipo de baloncesto está reunido en el colegio donde nos toca jugar. A pesar de haber perdido todos los partidos de la temporada, nos hemos despertado con mucha ilusión y ganas de darlo todo en el campo como lo hemos hecho tantas otras veces. Los entrenadores nos dedican unas palabras de ánimo y rápidamente entramos a divertirnos. Saltamos en el centro de la pista y hábilmente nuestro equipo coge la pelota. Una jugadora contraria, sin embargo, nos la roba y mete una limpia canasta. No pasa nada, pensamos, hay que seguir. El partido continua y después de 40 minutos de esfuerzo, canastas, fallos aciertos, robos, tropezones, heridas… nos acercamos al centro de la cancha a aplaudir con deportividad. A pesar de haber perdido lo seguimos haciendo, una y otra vez, no importa el día, el rival, el mes, el marcador, si hemos terminado enfadadas o contentas, si hemos jugado bien o mal. Siempre, cuando termina el partido, lo primero que hacemos es aplaudir al contrincante con una sonrisa en la cara. Es lo que nos han enseñado. Al salir, nuestros padres nos sonríen, les contamos el partido y recordamos juntos los buenos momentos. También los malos. Todos los fallos, lo que creemos que hemos mejorado y las cosas en las que aún podemos mejorar. No se escuchan críticas ni reproches. No se escucha hablar mal de los árbitros, de las rivales, de las compañeras,  de los entrenadores… Un buen perdedor es capaz de no frustrarse, no enfadarse cuando pierde, alegrarse por el ganador, no poner escusas…  Eso es saber perder.

Sin duda el deporte nos ayuda a entender muchas cosas fundamentales: la deportividad, el trabajo en equipo, la importancia de la decisión, la seguridad en nosotros mismos, etc.  Y, por supuesto, a aceptar que unas veces se gana y otras se pierde. Pero todo esto no sería tan importante si se quedase solo ahí, en el ámbito deportivo. Lo bonito del deporte es que todo lo que en él aprendemos, es fundamental en el resto de nuestra vida: en el trabajo, en el cole, en casa, cuando estamos con nuestros amigos…

Eso significa que, en realidad, al hablar de deporte no solo hablamos de deporte. También hablamos de aprender lo imprescindibles para ser feliz y hacer felices a los demás.

Igual es por eso por lo que nos gusta tanto. Igual es por eso por lo que, cada cuatro años, millones de personas se reúnen alrededor del televisor a ver las Olimpiadas. A admirar a todos aquellos deportistas que ganan, pierden, que se esfuerzan, que dan siempre lo mejor de ellos. A sus entrenadores que cuando acaba la prueba les felicitan pase lo que pase. A sus familias que les apoyan día y noche al igual que sus seguidores. En definitiva a disfrutar de unos Juegos Olímpicos donde aprendemos mucho más de lo que creemos.

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-Una buena-mala noticia -(junio 2021)

Es domingo por la mañana, el sol ya ha salido y alumbra con una luz veraniega. El aire huele a vacaciones y no hay ni una sola alma por la calle. Estoy sentada en el sillón, aún con el pijama puesto. El ordenador sobre mis piernas, como no, encendido. En una mano el ratón y en la otra mi taza favorita llena de leche bien fría. En la pantalla del portátil, una página de buenas noticias. Necesito algo sobre lo que escribir la columna. Muevo el ratón con insistencia, pero no logro encontrar nada que me resulte relevante. Mis ojos pasan por millones de titulares de diferentes colores: rosas, azules, verdes, morados, negros, marrones… Por fin algo llama mi atención. Título amarillo, letras grandes y una fotografía. ¡Puede ser lo que busco! Cliqueo para seguir leyendo: Las personas mayores que viven en España van a beneficiarse de una Estrategia Nacional para combatir el problema de la soledad en gente de más de 65 años. El Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 empieza ya a trabajar con las Comunidades.                                                                                                                              

Qué buena noticia. Sí, sin duda es una gran noticia. Sin embargo, termino de leer el artículo  y no me siento del todo feliz.  Me paro a pensar: España, un país con más de 47 millones de habitantes de los que alrededor de dos millones viven en soledad sin quererlo ¿Y qué pasa con los otros 45 millones? ¿Acaso no nos damos cuenta? ¿No podríamos hacerles compañía? ¿No se supone que vivimos en una sociedad en la que estamos todos conectados? ¿Necesitamos que el Gobierno prepare un Estrategia Nacional para que los mayores no se sientan solos? ¿Es una buena noticia que tengan que actuar las instituciones porque nosotros no somos capaces?

Desde luego que no. No es una buena noticia que no nos demos cuenta de que algunos de nuestros mayores se encuentran solos. Es una mala noticia que nos enteremos por los periódicos de que hay 2 millones de personas que necesitan nuestra compañía. Es una mala noticia que no se nos ocurra nunca tocar el timbre de ese vecino que sabemos que vive solo para hablar con él y alegrarle un poco el día (o quizás, que nos lo alegre él a nosotros). Es una mala noticia que cuando algún mayor nos habla por la calle hagamos oídos sordos. Me parece una mala noticia que no seamos capaces de agradecerles todo lo que han hecho por nosotros. Todo lo que hemos aprendido de ellos.

Lo que sí sería una buena noticia es que nuestros mayores no se sintieran solos. Que aprendiéramos a escucharles. Que disfrutáramos aprendiendo de ellos. También sería una buena noticia que, sin esperar nada a cambio, les brindáramos una sonrisa, una palabra amable. Que les visitáramos frecuentemente. Sería una gran noticia que les invitáramos a pasar con nosotros algunos días de vacaciones. Sería una buena noticia que nadie tuviera que hablar de este tema. Que no necesitáramos una Estrategia Nacional para combatir la soledad sí que sería una magnífica noticia.

En definitiva, lo que sería de verdad una buena noticia es que yo no hubiera tenido que escribir este artículo.

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-Y Elena aprendió- (mayo 2021)

Elena escuchaba atentamente a su madre. La oía hablar sobre el escenario 2, las clases burbuja, el confinamiento… demasiadas preguntas le surcaban la cabeza: ¿Podré ver a mis amigas? ¿Podré ir al cole todos los días? ¿Aprenderé todo lo que necesito? ¿Será necesario estar siempre con mascarilla, o me la podré quitar? ¿Qué debo hacer para no coger el Covid? ¿Y para no contagiarlo? Estaba feliz por volver al cole pero, con tantas dudas, Elena también tenía miedo. Miedo de que les confinaran cada dos por tres, de que nada funcionase, de no poder acabar el curso, de que alguno de sus amigos tuviera Covid. Miedo de no poder hacer algunos exámenes, de no saber cómo actuar ante determinadas situaciones. Miedo incluso de cosas sencillas como no saber si podrían o no comer en el cole o tomar la merienda…Pero empezó el curso y, poco a poco, Elena fue aprendiendo a jugar en un pequeño cuadrado del patio, a respetar las distancias entre burbujas, a comer sin hablar con el compañero. Aprendió a llevar la mascarilla todo el tiempo, a respirar bien con ella, a no compartir material, a estudiar a través del ordenador… Elena aceptó no cambiar cromos en el patio, cargar los viernes con todos sus libros por si el lunes no podían volver y entrenar al baloncesto con un balón propio. Cambió el ir a la casa de sus amigas a dormir por dar con ellas un paseo por la montaña. Se acostumbró a preguntar cada semana qué restricciones tenían que seguir, a echarse gel hidroalcóholico veinte veces al día y a no culpar a la niña con Covid que les había obligado a guardar cuarentena y quedarse con las ganas de ir ese cumpleaños tan esperado. La emoción infinita de al fin celebrar su comunión aunque fuera solo con ocho amigas parecía no llegar, pero no se desesperaba por ello; al contrario, había aprendido a buscar siempre una solución. Elena aprendió a convivir con la pandemia, a sufrir, a recordar y a amar lo que antes teníamos. Apenas queda un mes de clase y todos los niños, como Elena, hemos aprendido esto y más. Y al contrario de lo que pensaba la mayoría, hemos conseguido acabar el curso. Ha sido un año diferente; con risas, tristezas, altibajos, confinamientos, buenas noticias y también malas, pero eso  ha hecho que seamos más fuertes y podamos caminar ahora con la cabeza bien alta y mucho orgullo. ¡¡Si hasta la Comunidad de Madrid nos ha dado una medalla!! A pesar de todo, creo que esto ha sido la experiencia de vida más difícil y a la vez valiosa que nos ha podido tocar, y que todos los niños que, como Elena, hemos vivido este curso 2020-2021 estaremos a partir de ahora preparados para todo lo que nos suceda. No digo que haya sido un año bueno, ya que ha habido muchas pérdidas queridas, demasiadas familias que han sufrido más de lo que les tocaba y que siguen sufriendo. Pero sí creo que esta pandemia nos ha hecho más positivos, menos egoístas y más valientes.

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-Perdona, no te oigo- (marzo 2021)

mamá ¿me estás escuchando? — una niña mira a su madre que teclea con énfasis en el móvil. Insiste, pero suena una sirena. Las obras en el piso de arriba, un audio en el WhatsApp, los gritos de sus hermanos desde la otra punta de la casa… prueba con su padre, pero está intentando sacar alguna conclusión del debate político que aturde en televisión. Frustrada, coge unas ceras y se va a su cuarto. Demasiado ruido. Nos quejamos continuamente de que los demás no nos comprenden, intentando convencerles de que tenemos razón, de que nos escuchen, de que piensen como nosotros, pero no lo conseguimos. Hay demasiado ruido. El ruido de los políticos que hablan sin escucharse delante de miles de cámaras de televisión, el ruido de la prisa de los que nos rodean, el ruido de la publicidad que nos chilla para comprar baratijas innecesarias, el ruido de la incomprensión en las peleas donde ya se ha olvidado por qué se está discutiendo. Intentamos organizarnos para llegar a todo, pero lo hacemos con tanta prisa que, al final, solo provocamos más ruido; queremos frenar una discusión entre amigos pero lo hacemos juzgando e imponiendo nuestra opinión y, al final, provocamos más ruido; nos empeñamos en mostrar a nuestros profesores que tenemos razón en un ejercicio pero de tan malas maneras que, al final, solo provocamos más ruido. Nos encanta conversar con otras personas sin darnos cuenta de que ellas quieren hablar también, y, al final, solo hacemos más ruido. Queremos disfrutar de la naturaleza, pero nos subimos a la sierra con Los 40 a todo meter, el coche, el móvil, la neverita, el carrito del niño…y, al final, solo hacemos mucho más ruido. Todos centrados en nuestras cosas y, si cada uno va a lo suyo, el ruido no se va, por mucho que lo intentemos. Y si el ruido no se va, no oiremos cuando nos hablamos pero tampoco cuando nos piden ayuda, ni cuando intentan ayudarnos. No oiremos al necesitado, ni los consejos de nuestros mayores. No oiremos al planeta que nos pide a gritos que dejemos de contaminar, la alegría de los niños, el cansancio de los sanitarios, la tristeza del que se encuentra solo… ¡¿Cómo puede ser que gritando más y más fuerte cada vez nos oigamos menos?! Ya lo dice la canción: mucho mucho ruido, tanto tanto ruido, tanto ruido que al final… no me oigo ni yo. Y es que con todo este ruido es imposible pensar con claridad, fijarnos en lo que nos rodea y actuar correctamente. Quizá en lugar de gritar, podríamos pensar en cómo eliminar algo de ruido de nuestras vidas. ¿Seríamos capaces de pararnos a escuchar, intentar entender, empatizar con los demás, pensar antes de gritar…? Confío en que sí.

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-No esperes que esto sea un momento de película-

Un momento de tensión inundó el salón. Más de 50 sugus rodaban por el suelo. Nuestras miradas se cruzaron. Y de repente, escuché: ‘Pareces una farola. Tan inflexible como siempre, Isabella.’ Me contuve para no pegarle un puñetazo. ‘Ah, y por cierto, estás guapísima con esos trapos viejos. Creo que se pasaron de moda en el 32.’ Me miré los pantalones campana y al levantar la vista descubrí que la puerta se cerraba en mis narices. Lloré. No tuve más remedio. Me derrumbé en el sofá y cogí del suelo un sugus de piña. El rímel corría por mis mejillas. No podía pensar con claridad y los recuerdos bonitos no me invadían la cabeza como en las películas. Quizá no teníamos. Mi cara se llenó de nuevo de lágrimas.

+ 6 AÑOS EN UNAS POCAS LÍNEAS TODOS

-Una mente en blanco-

“El Mercadona estaba repleto” pensó José al salir. Estaba cansado. Rubí, su travieso buldog,  no parecía querer andar. “Maldito perro” pensó  mientras daba otro tirón. Cogió su Smartphone sin darse cuenta que cruzaba un paso de cebra. De repente un coche le rozó, y lo siguiente que vio fue a su perro aplastado en la carretera. Los ojos se le entrecerraron. Intentó ir a recoger a Rubí, aunque fuera intentar dar un paso pero sus músculos no respondían. Las lágrimas le resbalaban por la camisa y no podía contenerlas. Quería hacerlo pero no podía. Como si de una película se tratara: un coche pitó, una anciana alarmada gritó, el guardia se paró. Las imágenes le invadían muy lentamente. Cuando un niño le posó a Rubí en sus brazos la mente se le quedó en blanco.

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-Una atracción para morirse, pero no se risa-

Candela miraba a todos lados; sin saber cómo, estaba en clase y todos sus compañeros se reían de ella. De repente, su profesor se convertía en un asqueroso monstruo que lanzaba fuegos artificiales por la boca provocando grandes incendios alrededor de ella, pero el fuego no llegaba a rozarla. Al mirar hacia abajo, gelatinosos bichos que derramaban sangre al andar  subían por su cuerpo creándole profundos agujeros. Cuando se iban, su piel volvía a la normalidad, pero eso sí, dejando sobre ella un rastro rojo. “Ojalá nunca hubiera abierto esa puerta”. Hablaba de la puerta de aquella estancia oscura que había contemplado tantas veces con ojos tentadores en aquel parque de atracciones, la puerta de ese pasaje al que su hermano le había desafiado a entrar; ahora ya no quedaba rastro ni de él ni del guía. Sus pies no la dejaban retroceder, solo andar y andar; pero  aquello no tenía fin. De repente, sonó algo parecido a una sirena. Su padre y dos policías venían a buscarla, mas la niña estaba paralizada, con una cara aterradora. En lugar de su fina sonrisa había ahora una mueca de terror, por ella asomaban grandes colmillos. Sus redondos ojos se habían convertido en otros muy diferentes: rasgados y verdes. Fue un error abrir esa puerta. Desde ese día, Candela María Olivares no volvió a ser la misma.