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-Recuperando la Navidad- (noviembre 2021)

Aquella tarde, 25 de diciembre, Ariadna jugaba con unas muñecas nuevas en su cuarto. Esa mañana había encontrado montones de regalos bajo el árbol de Navidad: un mini piano, una Tablet, unas Barbies de la nueva colección, videojuegos, vestidos y disfraces nuevos…había de todo. A Ariadna le habían encantado los regalos, estaba tan contenta que nada más abrirlos se había encerrado en su cuarto a jugar con ellos. Había prohibido la entrada a sus padres y a su hermana mayor y no había salido ni siquiera cuando sus abuelos llegaron a casa. Ariadna sabía que todos la esperaban en el salón, impacientes para que les enseñara sus nuevos juguetes, para comer juntos, y pasar el día de Navidad en familia, pero ella, en ese momento, solo pensaba en jugar, jugar y jugar, sin que nadie la molestara. Cada vez que sus padres le pedían con dulzura que saliera ya de su cuarto, Ariadna gritaba enfadada que la dejaran un poco más. Así pasaron las horas, el día de Navidad estaba a punto de terminar. De repente, Ariadna escuchó un fuerte ruido en el salón. Pensó en salir, pero estaba justo montando un nuevo castillo para Barbie y Ken. Fuese lo que fuese aquel golpe, podía esperar. Entonces, escuchó las sirenas, los gritos, los lloros descontrolados; salió por fin de la habitación y vió a su madre tendida en el suelo… Los días en los que la madre de Ariadna estuvo ingresada fueron duros para la pequeña. Sentada junto a ella en el hospital, solo pensaba en que saliera pronto y pudieran por fin disfrutar juntas de la Navidad. Esos días de espera, se dio cuenta de que, desde hace unos años, al llegar esas fechas, solo pensaba en sí misma y en sus regalos. La madre de Ariadna volvió a casa a los pocos días, pero Ariadna nunca olvidó aquel 25 de diciembre en el que sintió, por primera vez, que el tiempo para disfrutar de sus seres queridos podría acabarse. En el que supo que lo que realmente quería era compartir su tiempo con ellos. Ahora, cada Navidad, Ariadna se centra en disfrutar cada minuto con ellos. Ayuda a sus padres a preparar una rica comida, escucha las historias de sus abuelos, juega y ríe con sus hermanos y disfruta de sus regalos, sí, pero en familia, porque … ¿Qué mejor momento para compartirlo todo que la Navidad?”

Ya llega la Navidad. Una de las fiestas favoritas de todo el mundo: estar con la familia, recibir regalos, comer dulces, estar de vacaciones, hacer cosas diferentes… pero parece que, cada año que pasa, nos olvidamos un poco más del verdadero sentido de la Navidad. La Navidad es una época de celebración, de alegría, de paz y amor; pero llega diciembre y cada año más anuncios, más fiestas y más ofertas que hacen que pensemos en estas fechas como una época para recibir regalos, comer, comprar, volver a comer y volver a comprar.  Y es que nos hemos vuelto muy egoístas y, como Ariadna, no encontramos el momento de parar y mirar a nuestro alrededor. Ver a las personas que nos esperan al otro lado de la puerta, deseando compartir su tiempo con nosotros. Personas que no estarán siempre, que, si alguna vez se van, no se podrán volver a comprar. Con todo lo que nos ofrecen anuncios y tiendas no encontramos el momento de disfrutar de nuestros seres queridos, de aprovechar estas fechas para, al menos una vez al año, parar de pensar en nosotros mismos y compartir nuestro tiempo con las personas que más queremos.

No sé vosotros qué pensáis, pero yo creo que este año deberíamos intentar recuperar la Navidad: dejar de mirar nuestros juguetes, salir del cuarto, ayudar a organizar una rica cena, reír, cantar villancicos, comer turrón y pasar una Felices Fiestas disfrutando de nuestras familias.

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-Una pizca de sal y… ¡TA-TA-TA-CHÁN! (octubre 2021)

Un poco de azúcar, una pizca de sal, medio kilo de harina, dos huevos, doscientos mililitros de leche… y ¡ta-ta-ta-chán!… ¡Un bizcocho! ¿Nunca habéis pensado que cocinar es como hacer magia? Yo sí. La cocina necesita orden, templanza, cariño, ilusión y quizás lo más importante, imaginación. La cocina es magia: mezclar ingredientes para crear sabores desconocidos, combinar formas y colores haciendo emplatados que parecen imposibles. La cocina es magia: es una actividad apasionante, complicada, misteriosa y con un sinfín de posibilidades que hacen que a lo largo de la historia haya sido, junto con la música, el centro de la cultura de todos los rincones del mundo.

Gran parte de nuestra vida gira en torno a la cocina y quizás es por eso por lo que me gusta tanto. Sin embargo, últimamente no parezco la única enamorada de la cocina. Desde hace ya unos años esta actividad ha pasado de ser una labor exclusiva de las amas de casa a ser un magnífico hobby que todo el mundo parece querer. Es por eso por lo que la cocina se ha convertido de repente en la clave principal de muchos programas de televisión, realities, clases y cursos, reuniones de amigos y conversaciones.

¿Y por qué de repente este boom culinario? Supongo que las razones son infinitas, pero yo os voy a dar tres por las que a mí la cocina me gusta tanto.

Para todos los gustos

La cocina ha dejado de ser una actividad solo para un grupo reducido de la población. Por ejemplo, según las estadísticas, el porcentaje de hombres menores de 30 años que sabe cocinar es casi igual que el de mujeres (en torno al 60%, frente al 70% de mujeres). Este porcentaje es solo del 30% si preguntamos a los mayores de 75 años. La cocina se ha convertido en una actividad para todos, que puede hacer desde un niño hasta un anciano, pasando por adolescentes y personas de mediana edad. Sean del género que sean, de la raza que sean y del país que sean. De esta manera, se ha convertido de repente en algo para hacer en grupo, para compartir en una tarde entre amigos, pasar un día en familia o divertirse en un cumpleaños. Parece que mientras que antes en las reuniones lo importante era comer, ahora lo importante es cocinar.  

En el confinamiento el mejor tratamiento.

Seguramente no sabíais que durante el confinamiento, la cocina se convirtió en uno de los hobbies favoritos tanto de jóvenes como de adultos. Por esto, no es extraño que tras los peores meses de pandemia Masterchef (uno de los talents culinarios más famosos de España) haya batido el récord de personas inscritas al casting… ¡¡¡¡70.000 personas!!!! La verdad es que en los tiempos del quédate en tu casa la cocina ha sido una especie de ventana abierta donde podías viajar a lugares remotos como La India o China tan solo probando un plato. Y es que, por muy pequeña que sea una casa siempre hay una cocina y en el confinamiento la única actividad que podíamos hacer para salir a la calle era bajar al supermercado. Eso hizo que nuestra imaginación se disparara y nos decidiéramos a empezar a cocinar o a probar nuevos platos (si ya lo hacíamos antes); nuevos platos originales y deliciosos. Desde esta ventana, cada día, podías mirar a un lugar completamente diferente. 

Comer mejor porque cada vez comemos peor

Vivimos un día a día agobiante y con prisas y eso hace que cada vez comamos peor. Entre semana, vamos corriendo a todos los sitios y a menudo las familias tiran de comida rápida o comidas precocinadas. Por eso cocinar sano los fines de semana se ha convertido en algo fundamental para equilibrar nuestra alimentación. También los comedores de los colegios intentan ayudar a las familias con prisas: controlan las calorías, equilibran los menús, incluyen fruta, verdura y legumbres entre los diferentes días de la semana para intentar que comamos de todo. Entre todos, nos esforzamos por buscar formas de cocinar con ingredientes más sanos y naturales, hacer comidas divertidas, que entren por los ojos. En definitiva, intentar hacer las cosas bien, cuando se tiene tiempo para ello, se ha convertido en una prioridad. 

Por todo esto me encanta cocinar, probar recetas nuevas una y otra vez. No necesitas ni los mejores ingredientes, ni la mejor vajilla ni tampoco ser el mejor chef. Lo único que te hace falta es tomarte un poco de tiempo para preparar tus platos, unos comensales con ganas de disfrutar (por supuesto, ¡también vales tú!) y una gran imaginación para crear un sinfín de platos diferentes ¿Qué? ¿A vosotros también os ha entrado hambre? Pues acabo ya para que podáis ir a poneros el delantal…

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-Nos gusta la Feria- (septiembre 2021)

El pasado 26 de septiembre se cerraron las puertas de la Feria del Libro de Madrid en su 81 edición. Situada en el parque de El Retiro, este año ha albergado alrededor de 320 casetas. Durante 16 días, más de 380.000 entusiasmados lectores visitaron la Feria para comprar libros, conocer a sus autores favoritos, descubrir nuevas editoriales, disfrutar de los magníficos pabellones o, simplemente, para pasearse por los alrededores y vivir el inigualable ambiente de este evento que cada año se supera a sí mismo, cada año intenta ser diferente, cada año nos descubre un sinfín de nuevos libros. 

Anulada en 2020 por culpa de la pandemia y aplazada de nuevo el pasado mes de junio, este septiembre los madrileños la hemos recibido con más ganas que nunca. Todos queríamos disfrutar de ella aunque eso supusiera tener que soportar largas colas ya fuera día de diario o fin de semana.

Y es que nos gusta la Feria del Libro. Nos ha gustado siempre. Desde que tengo uso de razón la he visitado año tras año. Cada edición, sin excepción, la he esperado con impaciencia, deseosa de volver a disfrutar una vez más de su ambiente, de los autores, las casetas, los editores, las firmas de libros, conferencias y eventos, y a pesar de intentar ir todos los años con ideas claras sobre qué comprar, la Feria siempre me ha sorprendido y cada edición he descubierto nuevos autores que me han encantado. Por eso me gusta la Feria.

Me gusta por eso y un millón de cosas más. Pero, sin duda, lo que más me gusta de ella es verme rodeada de gente que, como a mí, les encanta leer y escribir. Pasear entre los puestos y observar las caras de ilusión de los lectores tras horas de paseo y búsqueda al hacerse, x fin, con el libro elegido. 

También me gusta ver que, a pesar de que escuchamos una y otra vez que los libros en papel desaparecerán por la subida de ventas de los libros electrónicos, llega la Feria y se llena de un montón de personas enamoradas del papel que seguro que, como yo, también usan los dispositivos electrónicos, pero, ¿por qué una cosa tiene que hacer desaparecer a la otra? Al fin y al cabo, parecen q están aprendiendo a convivir y complementarse. Y así… contra toda expectativa… ¡Cada año sube el número de asistentes!

Es cierto que el libro electrónico nos facilita la lectura por muchas razones: por la facilidad de trasporte, porque donde solo cabe una novela en papel podemos tener un millón de archivos, porque los compras sin moverte de casa… En definitiva, porque es fácil y cómodo. Sin embargo, leer en papel sigue teniendo algo diferente: el olor a libro nuevo, subrayar con el lápiz tus frases favoritas, el suave movimiento de las hojas, tener que controlarte para no ojear el final y ver como acaba la historia, ¡hasta las esquinas dobladas sustituyendo al marcapáginas tienen su encanto!

Me gusta la Feria de Libro. Pero este año me ha gustado aún más. Por ejemplo, por la mayor libertad de movimiento que nos ha dado el control de aforo. En otras ediciones, era una misión casi imposible abrirte paso entre la gente a echar un ojo a los libros de ciertas casetas. Y a las editoriales más populares ¡No te podías ni acercar! Lo mismo pasaba con los puestos de comida, las cafeterías, los pabellones, las firmas de libros de los escritores más conocidos, …

En cambio, la tranquilidad con la que este año podías pasear, sentarte a tomar algo, ir y venir a una y otra caseta o hablar con libreros y autores ha sido, sin duda, un acierto.

Y es que también en la Feria, como en otros muchos lugares, la pandemia ha dejado su huella con cosas buenas y no tan buenas. Los botes de gel hidroalcohólico parecían acompañarte por donde fueras y el anuncio de firmas y eventos por megafonía se combinaba con el recordatorio continuo de las medidas sanitarias. 

Pese a todo, lo importante es ver que, un año más, a los madrileños nos encanta la Feria del Libro y apreciar que se haya podido por fin hacer esta edición pues, pocos días de empezar, muchos seguíamos sin estar seguros del todo.

Me gusta la Feria del libro. Pero sé que no todo el mundo es como yo. Hay mucha gente a la que no le gusta leer o que ha dejado de hacerlo por falta de tiempo. A todos ellos les recomendaría que lo intentasen al menos diez minutos cada día. Porque leer lo es todo. Es la forma más barata y sencilla de aprender, de conocer, de aventurarte en mundos maravillosos, de experimentar, de soñar, de volar y de disfrutar de todo lo imaginable sin tener que levantarte del sofá.

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-Cinco consejos- (agosto 2021)

Miro alrededor. Las chicas de la papelería están hasta arriba de trabajo. Cada dos por tres alguien sale de su tienda con una caja de lápices, unos cuadernos, una mochila o un nuevo estuche. La librería también está llena. Libros, libros y más libros llenando el escaparate. Parece que muchos niños se resisten a entrar en las tiendas de ropa donde padres y madres hacen cola para comprar de todo un poco. Como no me dé prisa me quedaré sin pantalones de chándal. Es el ambiente normal de los primeros días de septiembre. ¡Por fin empieza el cole! Mientras corro de una tienda a otra pienso en cómo voy a afrontar  este curso ¿Y por qué no compartirlo? Aquí os doy cinco consejos para hacer que esta vuelta al cole sea divertida, agradable y tranquila.

  1. Distracciones… ¡a la basura! Uno de los mayores problemas a la hora de empezar a estudiar o a hacer los deberes son las distracciones. Sí, sí, esa mosca que revolotea bajo tu oreja, esos niños jugando en el parque de al lado de tu casa, esos rotuladores nuevos que te piden a gritos que los estrenes… Por eso yo te recomiendo que al principio de este curso organices tu escritorio para evitar distraerte. Y te preguntarás ¿Y qué dejo en la mesa? Pues muy fácil. Tan solo lo estrictamente necesario: el libro, el cuaderno o archivador, el lápiz, la goma y el bolígrafo. Porque, es cierto lo que dicen, un entorno tranquilo y despejado te ayudará a estudiar y a ordenar la mente.
  2. ¡¡Las sonrisas son gratis!! ¿Nunca te han dicho eso tus padres? Seguro que sí. Y la verdad es que, reflexionando, he aprendido que tienen toda la razón del mundo. Tú pensarás que eso ahora no sirve de nada porque, claro, llevamos mascarillas. Pero los ojos reflejan tu expresión y si sonríes… ¡Se te notará en la mirada! Una sonrisa es como una mano que te ayuda en momentos difíciles, como aquel paraguas que te ofrecen cuando está cayendo un chaparrón. Una sonrisa dada de corazón puede dar ánimos a amigos, no tan amigos, profesores, abuelos, hermanos e incluso padres. Si entras sonriendo a tu clase crearás un buen entorno a tu alrededor. No sé si sacarás mejores notas  pero al menos harás un poquito más felices a los demás y, al final y al cabo, ¡¡ una sonrisita no cuesta nada!!
  3. Haz con los días malos como con el café: échales un poquito de azúcar. Los deberes se me olvidan, he perdido mi libro de Inglés, no consigo recordar nada antes del examen, mi mejor amiga se ha enfadado conmigo, se me ha explotado un boli… ¡¡Me pongo tan nerviosa cuando tengo un día malo!! Sí, los días malos nos ponen a todos de los nervios ¡Pero eso no justifica que se lo contagiemos a los demás! Cuando tengas un día malo acuérdate de esta receta: una gotita de humor, tres gramos de alegría, un litro de paciencia y una ligera pizca de risas. Esta no es una receta de caldero que hace que desaparezcan los días malos pero lo que sí consigue es que se transformen en días… un poquito mejores.
  4. Planificación desestresante ¡marchando! Suele ocurrir que haya momentos  en los que tengas tanto que estudiar que no te dé tiempo para el ocio. Hay varias soluciones para este problema aunque para mí la más efectiva son las planificaciones desestresantes. Cuando leáis esto supongo que vais a pensar dos cosas. Una: Menudo nombre que le pone Celia a sus métodos. En esto os doy la razón. Y la segunda: ¿En qué consisten exactamente las planificaciones desestresantes? Pues en básicamente hacer un horario para cada día. Se trata de establecer un tiempo para estudiar, parar un rato (15 minutos o algo así), quizá comer algo y retomar el estudio. Después de media hora, parar otro rato para jugar o dibujar y volver a los libros… de esa forma intercalas estudio con diversión ¡Ya verás como se te hace menos pesado!
  5. Y por último pero no menos importante… ¡disfruta todo lo que puedas con tus amigos! Por fin llegamos a la parte más importante de todo el artículo ¡¡disfrutar a tope!! Debes recordar divertirte con cada cosa que hagas, ya sea un simple ejercicio de Lengua o una excursión a unas tirolinas. Recuerda que los pequeños momentos son los más valiosos. Diviértete muchísimo con tus amigos: haciendo el loco, jugando, leyendo o, simplemente, disfrutando de su compañía. Si alguna vez te enfadas con ellos, recuerda lo mucho que los has echado de menos estos últimos meses y piensa que es normal enfadarse de vez en cuando. Significa que te importan y que tenéis un vínculo muy especial que os permite vivir todos esos alocados momentos juntos.

Espero que os sirvan mis consejos y que os ayuden, como a mí, a tener una vuelta al cole magnífica. Porque, aunque a veces nos cueste levantarnos de la cama o nos de pereza hacer los deberes, el colegio es donde aprendemos todo lo necesario para la vida y es, sencillamente, imprescindible.

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-Saber ganar- (julio 2021)

Tokio, 23 de julio. 42 deportes, 205 países y 12.000 atletas se preparan para el gran evento. La cabalgata de inauguración comienza. Millones de telespectadores observan atentamente su televisión. Todos están emocionados. Los Juegos Olímpicos han empezado.

Hace un par de días comenzaron las Olimpiadas. Este año celebradas en Tokio. Mientras veía la ceremonia de inauguración, me dio por pensar en qué es lo que se necesita para ser un gran deportista.

 A pesar de hacer bastante deporte, no sabría enumerar todo lo que es necesario para triunfar pero hay dos características que estoy segura de que son imprescindibles: Saber ganar y saber perder.

Comencemos por lo que significa saber ganar. Siempre que hablo de esto mis amigos me llevan la contraria. Dicen que no se puede saber ganar, que tú ganas y punto. Pero no creo que sea tan sencillo. Es más, diría que es igual de importante ser un buen ganador que un buen perdedor. Un buen ganador no se burla  cuando gana, no se cree superior que el contrario, felicita a los que han perdido con deportividad, sabe que por muy bueno que haya sido esta vez, llegará el día en que alguien sea mejor que él. Tristemente, esta manera de entender una simple victoria no suele ser habitual en nuestra sociedad Simplemente no es muy normal darle importancia a saber ganar. Nadie nos lo enseña.

Y ahora pensemos en qué es saber perder. En eso tengo mucha más experiencia: Es un sábado temprano y mi equipo de baloncesto está reunido en el colegio donde nos toca jugar. A pesar de haber perdido todos los partidos de la temporada, nos hemos despertado con mucha ilusión y ganas de darlo todo en el campo como lo hemos hecho tantas otras veces. Los entrenadores nos dedican unas palabras de ánimo y rápidamente entramos a divertirnos. Saltamos en el centro de la pista y hábilmente nuestro equipo coge la pelota. Una jugadora contraria, sin embargo, nos la roba y mete una limpia canasta. No pasa nada, pensamos, hay que seguir. El partido continua y después de 40 minutos de esfuerzo, canastas, fallos aciertos, robos, tropezones, heridas… nos acercamos al centro de la cancha a aplaudir con deportividad. A pesar de haber perdido lo seguimos haciendo, una y otra vez, no importa el día, el rival, el mes, el marcador, si hemos terminado enfadadas o contentas, si hemos jugado bien o mal. Siempre, cuando termina el partido, lo primero que hacemos es aplaudir al contrincante con una sonrisa en la cara. Es lo que nos han enseñado. Al salir, nuestros padres nos sonríen, les contamos el partido y recordamos juntos los buenos momentos. También los malos. Todos los fallos, lo que creemos que hemos mejorado y las cosas en las que aún podemos mejorar. No se escuchan críticas ni reproches. No se escucha hablar mal de los árbitros, de las rivales, de las compañeras,  de los entrenadores… Un buen perdedor es capaz de no frustrarse, no enfadarse cuando pierde, alegrarse por el ganador, no poner escusas…  Eso es saber perder.

Sin duda el deporte nos ayuda a entender muchas cosas fundamentales: la deportividad, el trabajo en equipo, la importancia de la decisión, la seguridad en nosotros mismos, etc.  Y, por supuesto, a aceptar que unas veces se gana y otras se pierde. Pero todo esto no sería tan importante si se quedase solo ahí, en el ámbito deportivo. Lo bonito del deporte es que todo lo que en él aprendemos, es fundamental en el resto de nuestra vida: en el trabajo, en el cole, en casa, cuando estamos con nuestros amigos…

Eso significa que, en realidad, al hablar de deporte no solo hablamos de deporte. También hablamos de aprender lo imprescindibles para ser feliz y hacer felices a los demás.

Igual es por eso por lo que nos gusta tanto. Igual es por eso por lo que, cada cuatro años, millones de personas se reúnen alrededor del televisor a ver las Olimpiadas. A admirar a todos aquellos deportistas que ganan, pierden, que se esfuerzan, que dan siempre lo mejor de ellos. A sus entrenadores que cuando acaba la prueba les felicitan pase lo que pase. A sus familias que les apoyan día y noche al igual que sus seguidores. En definitiva a disfrutar de unos Juegos Olímpicos donde aprendemos mucho más de lo que creemos.

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-Una buena-mala noticia -(junio 2021)

Es domingo por la mañana, el sol ya ha salido y alumbra con una luz veraniega. El aire huele a vacaciones y no hay ni una sola alma por la calle. Estoy sentada en el sillón, aún con el pijama puesto. El ordenador sobre mis piernas, como no, encendido. En una mano el ratón y en la otra mi taza favorita llena de leche bien fría. En la pantalla del portátil, una página de buenas noticias. Necesito algo sobre lo que escribir la columna. Muevo el ratón con insistencia, pero no logro encontrar nada que me resulte relevante. Mis ojos pasan por millones de titulares de diferentes colores: rosas, azules, verdes, morados, negros, marrones… Por fin algo llama mi atención. Título amarillo, letras grandes y una fotografía. ¡Puede ser lo que busco! Cliqueo para seguir leyendo: Las personas mayores que viven en España van a beneficiarse de una Estrategia Nacional para combatir el problema de la soledad en gente de más de 65 años. El Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 empieza ya a trabajar con las Comunidades.                                                                                                                              

Qué buena noticia. Sí, sin duda es una gran noticia. Sin embargo, termino de leer el artículo  y no me siento del todo feliz.  Me paro a pensar: España, un país con más de 47 millones de habitantes de los que alrededor de dos millones viven en soledad sin quererlo ¿Y qué pasa con los otros 45 millones? ¿Acaso no nos damos cuenta? ¿No podríamos hacerles compañía? ¿No se supone que vivimos en una sociedad en la que estamos todos conectados? ¿Necesitamos que el Gobierno prepare un Estrategia Nacional para que los mayores no se sientan solos? ¿Es una buena noticia que tengan que actuar las instituciones porque nosotros no somos capaces?

Desde luego que no. No es una buena noticia que no nos demos cuenta de que algunos de nuestros mayores se encuentran solos. Es una mala noticia que nos enteremos por los periódicos de que hay 2 millones de personas que necesitan nuestra compañía. Es una mala noticia que no se nos ocurra nunca tocar el timbre de ese vecino que sabemos que vive solo para hablar con él y alegrarle un poco el día (o quizás, que nos lo alegre él a nosotros). Es una mala noticia que cuando algún mayor nos habla por la calle hagamos oídos sordos. Me parece una mala noticia que no seamos capaces de agradecerles todo lo que han hecho por nosotros. Todo lo que hemos aprendido de ellos.

Lo que sí sería una buena noticia es que nuestros mayores no se sintieran solos. Que aprendiéramos a escucharles. Que disfrutáramos aprendiendo de ellos. También sería una buena noticia que, sin esperar nada a cambio, les brindáramos una sonrisa, una palabra amable. Que les visitáramos frecuentemente. Sería una gran noticia que les invitáramos a pasar con nosotros algunos días de vacaciones. Sería una buena noticia que nadie tuviera que hablar de este tema. Que no necesitáramos una Estrategia Nacional para combatir la soledad sí que sería una magnífica noticia.

En definitiva, lo que sería de verdad una buena noticia es que yo no hubiera tenido que escribir este artículo.

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-Y Elena aprendió- (mayo 2021)

Elena escuchaba atentamente a su madre. La oía hablar sobre el escenario 2, las clases burbuja, el confinamiento… demasiadas preguntas le surcaban la cabeza: ¿Podré ver a mis amigas? ¿Podré ir al cole todos los días? ¿Aprenderé todo lo que necesito? ¿Será necesario estar siempre con mascarilla, o me la podré quitar? ¿Qué debo hacer para no coger el Covid? ¿Y para no contagiarlo? Estaba feliz por volver al cole pero, con tantas dudas, Elena también tenía miedo. Miedo de que les confinaran cada dos por tres, de que nada funcionase, de no poder acabar el curso, de que alguno de sus amigos tuviera Covid. Miedo de no poder hacer algunos exámenes, de no saber cómo actuar ante determinadas situaciones. Miedo incluso de cosas sencillas como no saber si podrían o no comer en el cole o tomar la merienda…Pero empezó el curso y, poco a poco, Elena fue aprendiendo a jugar en un pequeño cuadrado del patio, a respetar las distancias entre burbujas, a comer sin hablar con el compañero. Aprendió a llevar la mascarilla todo el tiempo, a respirar bien con ella, a no compartir material, a estudiar a través del ordenador… Elena aceptó no cambiar cromos en el patio, cargar los viernes con todos sus libros por si el lunes no podían volver y entrenar al baloncesto con un balón propio. Cambió el ir a la casa de sus amigas a dormir por dar con ellas un paseo por la montaña. Se acostumbró a preguntar cada semana qué restricciones tenían que seguir, a echarse gel hidroalcóholico veinte veces al día y a no culpar a la niña con Covid que les había obligado a guardar cuarentena y quedarse con las ganas de ir ese cumpleaños tan esperado. La emoción infinita de al fin celebrar su comunión aunque fuera solo con ocho amigas parecía no llegar, pero no se desesperaba por ello; al contrario, había aprendido a buscar siempre una solución. Elena aprendió a convivir con la pandemia, a sufrir, a recordar y a amar lo que antes teníamos. Apenas queda un mes de clase y todos los niños, como Elena, hemos aprendido esto y más. Y al contrario de lo que pensaba la mayoría, hemos conseguido acabar el curso. Ha sido un año diferente; con risas, tristezas, altibajos, confinamientos, buenas noticias y también malas, pero eso  ha hecho que seamos más fuertes y podamos caminar ahora con la cabeza bien alta y mucho orgullo. ¡¡Si hasta la Comunidad de Madrid nos ha dado una medalla!! A pesar de todo, creo que esto ha sido la experiencia de vida más difícil y a la vez valiosa que nos ha podido tocar, y que todos los niños que, como Elena, hemos vivido este curso 2020-2021 estaremos a partir de ahora preparados para todo lo que nos suceda. No digo que haya sido un año bueno, ya que ha habido muchas pérdidas queridas, demasiadas familias que han sufrido más de lo que les tocaba y que siguen sufriendo. Pero sí creo que esta pandemia nos ha hecho más positivos, menos egoístas y más valientes.

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-Cansados del Más acá- (abril 2021)

El pasado 25 de abril, se celebró la noche más importante del mundo del cine: Los Premios Oscar 2021. Y parece que, este año, los guionistas de las pelis de animación se han cansado del Más acá y han decidido asomarse al Más allá. Y es que, observando los nominados a mejor película y corto de animación, me llama la atención el esfuerzo de los diferentes protagonistas por encontrar una conexión entre lo humano y el mundo de los que ya no están. Como si de un catálogo de viajes al otro mundo se tratase, las películas muestran las diferentes maneras de dejar a un lado la vida real y conectar con los espíritus, ya sea a través de los sueños como en Genius Loci, de la meditación como en Soul, de la magia de Onward, de los recuerdos en If anything happens I love you, de la ciencia en Over the Moon o de la conexión con la naturaleza en Wolfwalkers. Tampoco la manera de comunicarnos con nuestras almas, tiene que ser siempre la misma. Nos encontramos con el tono de humor típico de Pixar en Onward y Soul, el dramatismo de If anything happens I love you, la nostalgia de Genius Loci, la fantasía de Over the Moon o el enfoque aventurero y mágico de Wolfwalkers, Y tratándose de películas de animación, no puedo dejar de hablaros de sus dibujos. Esta edición se ha caracterizado por la variedad de estilos. Genius Loci nos sorprende con un diseño muy nuevo, contando la historia a través de acuarelas, a medio camino entre el cubismo de Picasso y el surrealismo de Miró; expresando con colores cálidos y primarios el estado de soledad e intranquilidad de la protagonista. En If anything happens I love you, los dibujos son esbozos hechos en blanco y negro con personajes sencillos pero tiernos y escenas con movimientos continuos y lentos, donde hasta la música puede verse dibujada. Wolfwalkers utiliza también la acuarela, pero da un toque original con sus dibujos planos que contrastan las formas angulosas y rígidas y los tonos grises del infeliz pueblo con los colores otoñales y las formas redondeadas del bosque donde los personajes son libres y dejan fluir su verdadero yo. Y llegados a este punto, si tuviera que escoger mi peli y corto favoritos, coincidiría solo a medias con la elección de la Academia. Para mí, la película ganadora debería haber sido Wolfwalkers. Esta peli, la última de una trilogía sobre leyendas irlandesas, expresa muy bien lo que es la amistad y el deseo de los niños a ser libres y es, en mi opinión, la que mejor une dibujos, música e historia. Además, tras la tercera nominación dentro de la misma saga, llevarse el Premio hubiera supuesto por fin un poco de justicia para su director. De cortos, sin duda alguna, me quedaría con la ganadora If anything happens I love you que cuenta la historia de unos padres que intentan superar la muerte de su hija durante un tiroteo en un instituto de Estados Unidos. A través de magníficos dibujos, en un continuo juego entre las personas y lo que parecen sus sombras, nos hacen comprender su profunda tristeza al recordar el tiempo con la pequeña. Con una brillante utilización del silencio, nos hacen integrarnos en la historia, en especial cuando éste es interrumpido por el ruido del tiroteo y los gritos de los niños. También el gris del lápiz es interrumpido por pequeños golpes de color como la gran bandera americana que nos recuerda dónde transcurre la tragedia. Un corto tan triste como bonito que no debemos dejar de ver (ni de llorar).

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-Perdona, no te oigo- (marzo 2021)

mamá ¿me estás escuchando? — una niña mira a su madre que teclea con énfasis en el móvil. Insiste, pero suena una sirena. Las obras en el piso de arriba, un audio en el WhatsApp, los gritos de sus hermanos desde la otra punta de la casa… prueba con su padre, pero está intentando sacar alguna conclusión del debate político que aturde en televisión. Frustrada, coge unas ceras y se va a su cuarto. Demasiado ruido. Nos quejamos continuamente de que los demás no nos comprenden, intentando convencerles de que tenemos razón, de que nos escuchen, de que piensen como nosotros, pero no lo conseguimos. Hay demasiado ruido. El ruido de los políticos que hablan sin escucharse delante de miles de cámaras de televisión, el ruido de la prisa de los que nos rodean, el ruido de la publicidad que nos chilla para comprar baratijas innecesarias, el ruido de la incomprensión en las peleas donde ya se ha olvidado por qué se está discutiendo. Intentamos organizarnos para llegar a todo, pero lo hacemos con tanta prisa que, al final, solo provocamos más ruido; queremos frenar una discusión entre amigos pero lo hacemos juzgando e imponiendo nuestra opinión y, al final, provocamos más ruido; nos empeñamos en mostrar a nuestros profesores que tenemos razón en un ejercicio pero de tan malas maneras que, al final, solo provocamos más ruido. Nos encanta conversar con otras personas sin darnos cuenta de que ellas quieren hablar también, y, al final, solo hacemos más ruido. Queremos disfrutar de la naturaleza, pero nos subimos a la sierra con Los 40 a todo meter, el coche, el móvil, la neverita, el carrito del niño…y, al final, solo hacemos mucho más ruido. Todos centrados en nuestras cosas y, si cada uno va a lo suyo, el ruido no se va, por mucho que lo intentemos. Y si el ruido no se va, no oiremos cuando nos hablamos pero tampoco cuando nos piden ayuda, ni cuando intentan ayudarnos. No oiremos al necesitado, ni los consejos de nuestros mayores. No oiremos al planeta que nos pide a gritos que dejemos de contaminar, la alegría de los niños, el cansancio de los sanitarios, la tristeza del que se encuentra solo… ¡¿Cómo puede ser que gritando más y más fuerte cada vez nos oigamos menos?! Ya lo dice la canción: mucho mucho ruido, tanto tanto ruido, tanto ruido que al final… no me oigo ni yo. Y es que con todo este ruido es imposible pensar con claridad, fijarnos en lo que nos rodea y actuar correctamente. Quizá en lugar de gritar, podríamos pensar en cómo eliminar algo de ruido de nuestras vidas. ¿Seríamos capaces de pararnos a escuchar, intentar entender, empatizar con los demás, pensar antes de gritar…? Confío en que sí.