EN UNAS POCAS LÍNEAS MISTERIO TODAS LAS EDADES TODOS

Inexplicable

El viento se movía con fuertes ráfagas que azotaban el suelo de la playa. Este se levantaba, formando grandes ondas que vagaban a sus anchas como si de un hombre se tratara. El mar se unía con la tierra de una forma delicada, tal y como si fueran un mismo ente. En medio de todo aquel descontrol estaba ella. Era un ser inexplicable, creado por la unión del agua y la fina arena de la playa. Carecía de extremidades inferiores, en vez de ellas un castillo de arena la encadenaba al suelo e impedía que se moviera. Unos débiles brazos adornaban su torso y sostenían una hermosa caracola que cantaba notas aparentemente aleatorias. Ojos entrecerrados con pestañas largas, cejas perfiladas y una naricilla que le daba un aspecto joven completaban su rostro y hacían que siempre mantuviera una expresión concentrada. A pesar de tener sobre la cabeza una torre que formaba parte del castillo inferior, lo que más llamaba la atención era la larga cabellera oscura que ondeaba tras ella cual capa y que se fundía con el viento. Era un ser hermoso que adornaba la playa alegrando la vista a visitantes y trabajadores. Era un ser único que aparecía en cualquier momento, sin ningún tipo de rutina. Era un ser mágico que brillaba con luz propia. Era un ser inexplicable que respiraba, que mantenía un ritmo cardíaco estable, pero que, sin embargo, no se movía. Ni siquiera abría los ojos.

+ 6 AÑOS EN UNAS POCAS LÍNEAS Uncategorized

Un curioso olor a polvo

Las cosas podrían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Los tres pararon de cuchichear y me miraron.

—Aurora, te toca. —Tragué saliva y examiné aquel objeto que me daba dolor de cabeza.

Me acerqué aún más. Desprendía un curioso olor a polvo. Intenté levantar la mano, pero el cuerpo no me respondía. Me volvieron a observar con miradas acusadoras. Tenía que hacerlo o nunca me volverían a hablar.

—¿Qué pasa? ¿Acaso tienes miedo? Sí. Tenía mucho miedo, pero sabía que decirlo sólo causaría problemas. Volví a intentar levantar la mano. Esta vez me hizo caso, pero temblaba. Y mucho. La coloqué a tan solo unos centímetros de la tabla. Una vez que la posara y formulara la pregunta, ya no habría vuelta atrás.

—Aurora… —Me olvidé de todas las consecuencias y la puse. El contacto frío del metal me produjo un escalofrío, pero no era para tanto. Suspiré y empecé a recitar la frase con calma. Las palabras se escurrían de mi boca. No podía controlarlas. Si ahora me preguntaran, no lograría recordar lo que dije. Pero en cuanto acabé de hablar, sucedió. El metal se empezó a deslizar por la tabla cual serpiente y yo me asusté. Meses después mucha gente sigue sin creerme y yo sigo jurando que se movió solo. Yo no hice absolutamente nada. Una vez que el objeto se quedó quieto observé la cara de mis amigos. Estaban todos pálidos y mirándome con los ojos como platos.

—Aurora has… has… —Pero los ojos se me cerraron y los oídos se me taponaron de repente. La mente se me quedó en blanco y el cuerpo empezó a actuar por sí solo. Noté  como me levantaba y como una maquiavélica voz me susurraba: <<Despídete de tus amigos>>

A la mañana siguiente me desperté en la misma habitación con el cuerpo lleno de rasguños y arañazos. Todos los muebles estaban tirados y tres cuerpos yacían muertos en mitad de la habitación. Solo había un objeto totalmente intacto. La ouija, que seguía desprendiendo un curioso olor a polvo.

+ 6 AÑOS EN UNAS POCAS LÍNEAS

Una mosca en la feria

El pequeño insecto volvió a salir volando y se posó sobre una rama cercana a la multitud. Fue un error, había demasiado ruido: toda la gente hablando, la música a todo volumen… Se apoyó sobre un pequeño puesto rojo, olía muy bien, a dulce, y observó que un señor con un peculiar bigote y un extraño sombrero cogía una enorme nube rosa y comenzó a comerla. La mosca quiso probarla, así que siguió al hombre, que ahora se dirigía a la noria, a ver si podía coger un poco. Había brillantes luces de muchísimos colores que se movían de forma circular, y arrastraban con ella varias sillas que colgaban sobre la gente. La mosca se acercó más al hombre, e intentó darle un bocado, pero no lo consiguió, el señor la apartó de un manotazo y continuó comiendo. Cuando el señor entró en la cabina, aprovechó y entró ella también. Consiguió posarse sobre el dulce, era algodón de azúcar. Tenía una textura suave y porosa. Por fin lo probó, se deshizo en su boca. Rápidamente salió de la cabina, casi la matan de un manotazo.

+ 6 AÑOS EN UNAS POCAS PÁGINAS

Mea culpa


Las puertas se abren. El singular ruido del autobús hace que levante la vista. Nada nuevo, sólo dos ancianas hablando con tranquilidad. Vuelvo al móvil y me concentro en lo que hacía. La música entra por los auriculares. Siempre me ha ayudado a mantenerme en mi mundo. Noto que alguien me observa. Tuerzo la cabeza y… le veo. Parpadeo varias veces para comprobar que es real. Es él. Los mismos cinco tatuajes en el brazo. La misma cruz en el cuello. La misma mirada penetrante, el mismo piercing en la nariz y… Sí, también tiene la cicatriz. Esa enorme cicatriz que le cruza toda la mano. Giro de nuevo la cabeza y recapacito. Vale, estoy a pocos centímetros de él. La persona que me destrozó la vida. A mí y a mis seres queridos. O… Bueno, eso dijo el juez. Aunque en el fondo, yo sé que no fue así. Parte de la culpa fue mía. Mía y solo mía. Sin embargo, eso sólo lo sabemos nosotros dos. Apago el móvil y me cruzo de brazos. Está claro que me ha visto. Y, por supuesto, me ha reconocido, yo tampoco he cambiado mucho. Las trenzas, la falda y la culpa. La misma culpa que sentí aquel día. Aquel fatídico día. Cuesta creer que en octubre se cumplan ya cuatro años desde que pasó. Que, claro, coinciden con el tiempo que ha estado en la cárcel. Qué desastre. ¿Y ahora qué hago? Intento disimular mirando por la ventanilla y, de reojo, puedo ver cómo levanta una ceja. Mierda, sí que sabe quién soy. Joder, joder. Las dos ancianas de antes pasan junto a él y fruncen el ceño al ver los tatuajes que recorren su extremidad y el arito de metal que lleva puesto en la nariz.
Cuchichean algo mientras se sientan lo más alejadas que pueden. Las palabras «delincuente», «fugado» y «tipejo» se cuelan por mis oídos. Las comprendo. Les debe parecer un criminal. Tal y como les pareció a los policías y a la prensa. Un sucio y asqueroso criminal. Y en parte me siento muy mal. Yo soy la única que sé que él no tuvo la culpa. Bueno… Un poco sí, pero no merecía ir a la cárcel. Quizás si hablara con él y le pidiera disculpas… Pero a ver, ¿estoy tonta? Por dios, le condené, mentí y, encima, quedé libre ¿Cómo narices va a querer hablar conmigo? Noto su mirada en el cuello clavándose como espadas. Mierda. Con disimulo intento vislumbrar la cicatriz. La última vez que la vi, el suelo estaba lleno de sangre y de cristales.
También de policías y de gritos que, cada vez que recuerdo, hacen que me duela la cabeza. En momentos como este, pienso, ¿cómo pude aceptar jugar a verdad o reto? ¿Cuándo le propuse beber como unos descosidos? ¿Por qué saqueamos la tienda? ¿Yo me animé a acompañarle? ¿Cómo se me ocurrió sacar las pistolas? ¿Con qué valentía disparé al cristal? ¿Cómo le hice la cicatriz? Preguntas y más preguntas sin respuesta. Preguntas que ya había olvidado por completo y que él me ha hecho recordar. Preguntas que,
ojalá, no tuviera que plantearme, pero es lo que hay. Lo hecho, hecho está ¿no?
De pronto se mueve. Sí, sí, que se baje… Pero no cruza las puertas que se acaban de abrir. Se sienta a mi lado. Nuestros brazos se rozan y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Tengo un sentimiento en el pecho que duele, un nudo en la garganta que me ahoga y, sobre todo, un cerebro que trabaja más rápido de lo normal. Las imágenes del robo suceden como si fueran perfiles de Tinder. Una detrás de otra, sin parar. Le observo, de nuevo, con detenimiento. Tiene unas ojeras muy marcadas y está más pálido de lo que recordaba. Se le marcan todas y cada una de las venas y los huesos parecen querer salirse de su cuerpo. Tiene la mirada hundida y el blanco de los ojos se ha vuelto completamente amarillo. Da mucho
miedo. La cicatriz parece un poco infectada y descuidada. Enrojezco. Todo ha sido por mi culpa. La cárcel le ha hecho eso. Él ha pagado lo que yo tenía que haber cumplido. Pero ahora no puedo pedirle disculpas. No serviría de nada. Carraspeo para intentar aliviar el nudo en la garganta y él se gira para observarme. Estará haciendo el mismo repaso que le he hecho yo. Bajo la cabeza y me crujo los nudillos nerviosa. La cicatriz me atormenta la mente de nuevo. Si no la tuviera, probablemente, no estaría tan segura de que es él. Si es que esto sólo me podía pasar a mí… Las ancianas se bajan cuchicheando otra vez mientras le miran. Esto me está matando.
Me coloco las gafas, me aliso la falda y enciendo el móvil. No, nada me distrae. De pronto, su mirada asesina se clava en mi mejilla. Duele, como una puñalada. Bajo la cabeza y oigo que masculla algo. Me giro e intento mirarle a los ojos. Almendrados, pequeños. Tal y como los recordaba. Abre la boca y susurra.
—La policía te busca.
Me quedo en silencio. Eso no me lo esperaba. Miro hacia abajo avergonzada. No sé qué decir. Sé que fui yo. Que tengo la culpa. Que si es verdad que me buscan, lo hacen con razón. Pero… No puedo responder. Ni decir que sí. Ni decir que no. No puedo. Me mira enfadado.
—¡Por dios, Elena! ¿No vas a decir nada? ¿En serio?
—Yo…

No estoy bien. Necesito ayuda. No sé qué hago aquí. No sé qué día es. No sé por qué estoy llorando. No sé por qué tengo sangre por todo el cuerpo. No entiendo nada. Sólo sé que tengo que correr. Alguien me persigue. No sé por qué.

El sonido de las sirenas se cuela por todos los pasillos del bloque de pisos. Aquel bloque de la esquina que solía estar en paz, en tranquilidad, ha entrado en caos. Todo el mundo ha salido de sus respectivos apartamentos y está muy alarmado. ¿El motivo? Sólo los policías han conseguido llegar a él. En una casa… En una habitación… Un cuerpo yace sin vida. El de un hombre de unos veinticinco años. Con los brazos llenos de tatuajes y un pequeño aro en la nariz. El suelo está embadurnado de sangre. Brillante y limpia sangre escarlata, que mancha los zapatos de la gente que se arremolina alrededor del muerto. Pero lo más espectacular no es el puñal que tiene clavado en el corazón ni la enorme cicatriz que le cruza la mano. No. Lo más espectacular es el pequeño trozo de papel que hay sobre la víctima. Aún, teñido de rojo, se puede seguir leyendo una impecable caligrafía escrita en pluma negra:

Tenías razón. Quizás la mala sí que era yo.